Pasajera en trance

Los poetas me acusan de deber ser valiente. Las artes, para siempre.

jueves, noviembre 26, 2009


Todo relato tiene que empezar así: me prendí un pucho -un cigarro- primero. después pude levantar mi mirada y vi en el medio del semáfaro a esa especie de juglar. Un arlequín. Me sorprendió que reinventara cada paso de lo real con un conjuro de irrealidades. Era un malabarista de las verdades, las hacía saltar una y otra adelante de mi cara. Las invertía con volteretas, las hacía pasar por sus dedos, y jugaba... sobre todo jugaba.
qué se yo, no es que eso me encantara, sino que me sorprendía, me intrigaba. Por eso lo seguí.
Así que dejó -y dejé- el semáforo y empezó -y empecé- a pisar una a una las baldosas de la calle detrás de un rastro que en realidad era un hilito, tal vez de su envoltorio, es decir: su saco, que se desprendía a cada paso deshilachándose. Inimaginable era que ese saco alguna vez perdiera su cordura tan imponente, no importara la infinitud de hilo que dejara a su paso; el saco siempre estaba allí, puesto y encima de él.
Supongo que lo que segundo más me llamó la atención fue que parara en esa tienda. tienda? bueno, negocio che.
Era en la esquina de rivadavia y Corrientes, ¿viste ahí donde está ese bar por un lado, esa casa antigua por el otro?. Ah no, seguro me vas a decir que esas dos calles no se cruzan, pero yo no te voy a hacer caso: sí se cruzan.
Bueno ahí, paró y se metió en el negocio. No cualquier negocio, sino un negocio de antifaces. Me situé a un lado, pretendiendo no saber que ese juglar había estado percibiendo cada paso mío y esperé. se metió y me fijé que pasó de máscara en máscara, pensando cuál le quedaría mejor. Quería ser grande, y se probó una máscara de elefante, quería ser pequeñito y pasar desapercibido y se puso una máscara sin detalles, sin agujeros en los ojos, un vacío en la cara. También quiso ser una fiesta de colores, un refugio de la abundacia, de la alegría, y se puso una máscara hermosa. Pero se la sacó, y después se puso una máscara atractiva. Uno a uno observé sus movimientos, e imagino que los míos también pasaron desapercibidos, ya que a ese negocio entraba y salía un flujo de gente bastante cuantioso.
Finalmente, y luego de haber sido todas esas máscaras que se probó, se paró frente al viejo del negocio -los vendedores siempre tienen que ser personas con historia- y, espaldas mías, le mostró la máscara que había elegido. Realizaron una transacción, un intercambio, un don, algo; la cuestión es que Julián se compró esa máscara.
Bueno ahora era sólo necesidad de esperarlo en la puerta y hablarle y sobretodo preguntarle qué máscara se había comprado. La gente continuaba entrando y saliendo.

...

Esperé. Esperé.
Y esperé. Nunca salió.

Cuando aquél abre la puerta para dar vuelta el cartel que decía 'abierto', para poner 'cerrado', le pregunté por aquel arlequín. Y me dijo "ahhhh, sí vino uno a la tarde y se fue".


Me senté a preguntarme si habría él huído ante tanta curiosidad, tal vez, por algún techo, vos sabés que los juglares son capaces de hacer eso. Pero luego me di cuenta que no, me di cuenta -con tristeza- lo que había pasado:
pasó adelante mío con su nueva máscara puesta y no lo pude ver. Bah, seguro lo VI, pero no lo vi, no sé si me entendés. Vamos al grano che.... era otro.