
Un día encontraste un brazo... torcido, comido, incluso tajeado, pero servía. Para las manos tuviste que comprar uñas postizas porque todos estamos hechos de un poco de mentira. Cuando descubriste entre los escombros un pedazo de pierna, no sabías que venía primero, si la rodilla o el tobillo. ¡Y cómo te desconsertaste cuando aparecieron la tibia y el peroné! "¡Qué es eso!" te escuchaba decirme. Quiero confesarte ahora que las piernas me las armaste mal.
Sin embargo, con un corazón falluto y un estómago de mierda (me he comido a cada cosa) me hiciste un ser bastante a semejanza a cualquier otro.
A cuestas sonrío y con bastante facilidad lloro: podría decir que es porque me duelen todos los órganos que manualmente me dispusiste, pero en realidad se debe a algo mucho más triste: soy un ser sensible.
Ni esa nariz tan distinta a la de mi abuela, ni esa nariz tan parecida a la de mi mamá: una nariz mía, que, incluso -¡y también!-, llora. Mis ojos son míos y no son ni azul-celeste, ni naranjas. Casi siempre son grises, es que la luz siempre nos engaña un poco, ¿viste?
Y como yo te lo pedía, en penubra.
En penumbra me quedé, tu obra maestra, me quedé y se quedó en penumbra. Así -como siempre y a los golpes- es como me di cuenta que la oscuridad no me gustaba tanto, y quise dar un paso hacia la luz.
"Es tan fragil que se desarmó" fue lo único que atinaste a decir cuando volviste para sólo encontrar mis pedazos esparcidos.


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