¿Porqué no planeamos cuando todavía había tiempo? ¿Porqué deslicé los dedos sobre aquella superficie polvorienta, negando el tiempo, negando el polvo mismo? ¿Es que acaso yo seguía pensando que las personas no son como cualquier cosa que habita en este mundo? Claro que me equivocaba, si dejo en reposo a un libro por añares, cuando lo recoja me voy a encontrar que el tiempo lo tiñó de una hermosa polvoreada aunque sus corroídas hojas amarillas sigan siendo, en esencia, tal como creía haberlas dejado. Las personas en ese sentido, se asemejan a los objetos. Uno no puede cerrar la puerta de entrada, para abrirla un lustro después, esperando encontrarse con la misma persona. El tiempo, como un ácido, se apropió de la cara de aquella. Se trepó como una enredadera, y aquellos ojos, los cuales creías esencia, parecen haberse fundido en una olla, habiéndose amalgamado con un poco de hierro y otro poco de zinc y acero. Y ahí te ves, en un espejo opaco, en el que apenas notas tu sombra, impenetrable a tus ojos.
Y ahí pienso... ¿porqué niego el polvo?
Y ahí pienso... ¿porqué niego el polvo?


