Pasajera en trance

Los poetas me acusan de deber ser valiente. Las artes, para siempre.

lunes, febrero 11, 2008

Me pasa que me entierran. Yo veo como están por cerrar el cajón, veo que me tiran tierra encima. Yo cierro los ojos y rezo.

-Vos no rezás alma mar, si ahora apenas creés en vos.

Rezé igual. En aquel momento deseché cualquier idea que involucrara seguir descreyendo. Hice caso omiso a los gritos de mi cuerpo mutilado y pedí y lloré sangre ante cualquier cuerpo y cualquier voz que vibrara junto a este manto de sangre. Mi mente divagó, como último recurso, se subsumió a las súplicas que tanto se alejaban del mito primero, y tanto se acercaban al cristianismo: San Cayetano, Santo Tomas, San, San, San.

-Dale, no llores más en vano, dejá que te lloren ahí arriba en el funeral.

Si yo dejo de creer deshago y destrozo mi mundo; soy mi propia guillotina, mi propia muerte

-...

Nadie me está llorando ahí arriba, la concha de tu madre. Soy un cadaver, el lodazal de la barbarie. Aquello que todos quieren ver en el fondo.


Poco a poco, tal como lo hace un eclipse de sol, el ataúd se fue cerrando y, en un santiamén, me quedé en la total oscuridad. Mi cuerpo mutilado comenzó a patalear y a golpear el cajón con todas sus fuerzas.


-Pero si no te estás moviendo. Sos sólo un cuerpo mutilado.


Grité, grité, hasta que casi vomito mi pulmón, también mutilado.


-.. no te escucho gritar.


Fácil es morir, volver a morir, y todos los días levantarse y morir. Y seguir por inercia y volver a morir, para dar cuenta que el despertador ha vuelto a sonar y que en breve voy a volver a morir.